Carlos Medellín: el magistrado, poeta y superpapá
Un padre que enseñaba con música, un profesor que hablaba de justicia con poesía y un jurista que veía en el derecho una estética de lo humano. Así recuerda Carlos Medellín Becerra a su padre, el magistrado Carlos Medellín Forero, cuya vida fue interrumpida en la tragedia del Palacio de Justicia en 1985, pero cuyo legado sigue latiendo en sus libros, cartas, poemas y en el yacimiento de agua que conduce a la eternidad.
“Según la prensa de hoy, acabo de morir.
Perdido entre anuncios, espectáculos vivos,
está el aviso de mi muerte.
No se trata de alguien que hubiera usado mi mismo nombre,
aunque ya sería extraño,
pues mi nombre es bastante singular…”
Como si se tratara de un vaticinio, Carlos Medellín Forero escribió centenares de poemas que dejaban al descubierto su sensibilidad, su gusto por la estética y su profunda admiración por la literatura. Este fragmento de “He muerto” es apenas una muestra de ello.
Su hijo, Carlos Medellín Becerra, describe esta coincidencia como la esencia misma de quienes escriben poesía: hacen parte de un viaje circular en el tiempo. Con varias dimensiones, por supuesto: la del amor (infaltable en la creación de versos); la de la síntesis (una cualidad innata en su ejercicio profesional); y la del padre (entregado a su familia y con la convicción de enseñar ética, incluso en los detalles más simples).
“Mi papá era un superpapá. Estaba en todo, pendiente de todo. Era muy consentidor, pero también muy estricto”, dice Carlos, sentado en la misma biblioteca en la que su padre reunía a sus hijos para escuchar música como si se tratara de un ritual.

Allí, rodeados de vinilos y estanterías repletas de literatura, los desafiaba con preguntas que abrían mundos: ¿qué oyen?, ¿qué escuchan?, ¿qué hay más allá? Solo así podían descubrir qué contaba el violín, qué susurraba la melodía. Era su forma de enseñar: abrir la sensibilidad a lo invisible.
El renombrado magistrado fue el segundo de cuatro generaciones de juristas con el mismo nombre. “Hoy hay dos Carlos Medellín en la familia. Mi abuelo, mi papá, yo y ahora mi hijo. En realidad, somos cuatro en un siglo”, relata con orgullo su hijo. Ese linaje no solo preservó una tradición jurídica, sino también una manera de ver el mundo en la que la filosofía y la poesía fueron extensiones del derecho.
Se casó con Susana Becerra Álvarez, con quien tuvo cuatro hijos: Ángela, Jorge Alejandro, Carlos y Silvia. Todos ellos siguieron alguna de las facetas que él les presentó: algunos son educadores, otros artistas, otros abogados. Carlos lo define como un padre amoroso, pero exigente. Entre sus recuerdos más persistentes, hay un lugar que no se borra de su memoria: la sala de su casa. La misma donde lo vio por última vez.
“Nos ponía a escribir poemas. Yo le tenía miedo a esos ejercicios, pero era su forma de despertar en nosotros la parte estética”, cuenta Carlos. Esa sensibilidad se extendía a todo: a las cartas manuscritas que enviaba a sus hijos cuando estudiaban en Europa en 1985, a las conversaciones con amigos entrañables como Alfonso Reyes Echandía o Ricardo Hinestrosa, y a los poemas de amor que dejó en su último libro, Palabras rescatadas.
“Yo tengo sus cartas. Fueron muchas y muy lindas. Las conservo con mucho cariño. Las transcribí, incluso, porque están llenas de cosas extraordinarias: de vida, de padre, de maestro, de amigo, de magistrado, de cómo era él”, dice su hijo con una expresión de añoranza en el rostro.
Su tesis sobre la estética del derecho fue una rareza para la época. En plena antesala a la dictadura de Rojas Pinilla, atreverse a hablar de belleza, justicia y humanidad en medio de normas rígidas era casi un acto de rebeldía. “Hablar de la estética del derecho no era un tema usual en su momento”, recuerda su hijo, señalando que esa mirada sigue vigente en debates actuales sobre la justicia.
La enseñanza fue su verdadera vocación. Sus clases de derecho romano eran también lecciones de gramática y pensamiento crítico: entender la estructura de una frase era, para él, entender el derecho mismo. Sus sentencias, breves y contundentes, mostraban esa misma claridad: “Si tenemos claro lo que queremos decir, se puede decir en una frase”, afirmaba.
Todo ese amor por la educación lo materializó en el Externado y en el Claustro Moderno. La primera institución fue su refugio intelectual, y la segunda —de la cual fue rector— su gran centro de formación. Con el tiempo, el Claustro se convirtió en su hogar –y en el hogar de futuros externadistas–, tanto que, como explica su hijo, “llegar a este colegio era el primer paso para luego estudiar en el Externado”.
Ese mismo Claustro, el que hoy guarda su recuerdo en un camino que conduce a la eternidad, se convierte en el escenario poético donde su memoria florece cada día. Allí, donde el agua brota como símbolo de vida, sus restos reposan envueltos en la metáfora que él mismo dejó escrita en su poema “Para sembrar colores”:
“Al preparar la tierra, en su cuerpo anhelante,
no produzcas dolor en sus entrañas,
ábrela simplemente, sin herida,
aliméntala con jugos minerales,
toma de tu propia mano la semilla
para que la revuelvas con tu sangre,
deposítala envuelta en melodía,
cúbrela con tu aliento como un padre
y, por último, riégala en la mañana y en la tarde
con el agua que brota de la montaña madre
sin permitir jamás que la toquen mis lágrimas”.

La memoria de Medellín Forero, además, se preserva en archivos, fotografías y en la energía viva de su biblioteca. “Aquí está intacta —dice Carlos—. Si la ven, notarán que no es una biblioteca jurídica. Es de literatura, de arte, de historia. Y eso lo dice todo de quién era él”.
Hoy sus nietos lo sienten cercano, aunque nunca lo conocieron. Lo leen, lo escuchan a través de sus poemas y sienten, como afirma su hijo, que su energía es tan fuerte que logran percibirla en sus libros, en su casa y en la sala donde se encontraban casi a diario.
Entre las páginas de su poesía quedó quizás su propia despedida, escrita mucho antes de que el destino la hiciera realidad:
“Difícil es comprender la impresión
que produce la propia muerte.
No es frecuente que uno muera todos los días”.
Carlos Medellín Forero murió una vez, hace casi cuarenta años.
Pero como todo verdadero maestro, sigue viviendo cada día en quienes aprendieron de su ejemplo. Y como padre, permanece en los corazones de sus hijos: quienes llevan el legado de su apellido.
* Las ilustraciones de este especial multimedia fueron generadas con el uso de IA, y editadas por el equipo de diseño de la Universidad Externado de Colombia a través del programa Photoshop.
